Hoy vengo a hablar de libros. Lo suyo sería que escribiese del Premio Planeta que acaban de dar al Schopenauer de la Concha y a Ángela Vallvey (no le he puesto mote ni creo que fueraís capaz de reconocerla por el que se me ocurriese) pero el Planeta me da un poco igual. Otro día que esté inspirado intentaré explicar por qué si todas las obras participan con seudónimo, siempre ganan escritores famosos. Y nunca repiten.
Digo que hoy venía a hablar de otra cosa. Seguramente alguno/a ya haya leído ‘Los hombres que no amaban a las mujeres‘ un bestseller de misterio de un escritor sueco que llegó hace poco a las librerías. Para quien no lo conozca, parte de la gracia del libro es que el autor, Stieg Larsson, era un santo varón. De orígen muy humilde, se hizo periodista y se dedicó a destapar escándalos que relacionaban a importantes empresas suecas con grupos de ultraderecha y trató temas feministas y anti-racistas. Ni en España ni en Suecia un héroe de esas características (lo digo sin ningún sarcasmo) puede llevar una vida muy fácil: compartía un piso cutre con su pareja, con quién no se casó para protegerla de las amenazas de sus múltiples y peligrosos enemigos. En los huecos que le dejaba su valiente trabajo, el bueno de Stieg escribía novelas policiacas. Un fatídico día de 2004 le dio un infarto y murió de la manera más tonta al poco de cumplir 50 años. Dejó completas tres novelas de una serie que esperaba extender hasta diez. De esas tres, en España de momento sólo se ha publicado la que da título al post.
¿Por qué los escritores póstumos siempre aparecen en blanco y negro en la foto de la solapa? ¿Les hace parecer más muertos? En el sentido de las agujas del reloj, Keneddy O’Toole, Roberto Bolaño, Stieg Larsson y Alberto Méndez.
‘Los hombres que no amaban a las mujeres‘ es un gran best-seller con todo lo bueno y lo malo de este género. Lo bueno: que leerlo da un placer dificilmente descriptible: engancha, no puedes paras de leer, te agarra de las solapas y no te suelta… hay un montón de frases hechas para definirlo. Está muy bien construído, la prosa es ágil y el protagonista… ay el protagonista: todos queremos ser cómo él. Un hacha en la cama, honrado, sincero y con un don para resultar enormemente simpático pese a ser un dechado de virtudes. Introduce bastante bien algunos temas novedosos para el género, no digo cuales.
Lo malo es también lo de siempre: muy poco estilo, ninguna frase brillante y párrafos que se repiten cada veinte páginas para los lectores distraídos. Personajes estereotipados (otra hacker antisocial no, por Dios), repetición de esquemas clásicos (thriller empresarial + habitación cerrada), solos de guitarra en cuerdas (¿otra vez psicópatas obsesionados con la Biblia? ) mil veces tocadas y una historia que avanza a base de cliffhangers chungos (“No pudo dar crédito a lo que estaba viendo” o ” De repente, tras revisar las pistas durante horas, se hizo la luz en su cabeza” o “y sacó una pistola del bolsillo”)
Es un buen libro y recomiendo que lo leaís. El problema es que se está derramando tal cantidad de flores (¿debería decir lefa?) sobre el autor y el libro, que si haceis como yo, y leeis sobre él antes de empezarlo, igual os sentís decepcionados. Lo digo porque en la Wikipedia lo comparan con Guerra y Paz, los reportajes de periódicos recojen declaraciones de sabios discutiendo si es el Sherlock Holmes de hoy en día, la mejor novela del siglo XXI o si mola más que la Biblia (¿tiene sentido la comparación?). Juan Cruz, por supuesto, a lo suyo. Se escribe y reescribe por todas partes que ha sido un fenómeno de ventas en todo el mundo y hay legiones de fans. Bueno, yo me considero un fan y os digo que todo eso son chorradas y probablemente trucos de márketing más propios del Premio Planeta que de un análisis serio.
Leedla y comentais. O me comentais sin leerla. O la leeis sin comentar. O todo lo contrario


