Ser idiota o parecerlo

Octubre 16, 2008

Los hombres que no amaban a las mujeres

Hoy vengo a hablar de libros. Lo suyo sería que escribiese del Premio Planeta que acaban de dar al Schopenauer de la Concha y a Ángela Vallvey (no le he puesto mote ni creo que fueraís capaz de reconocerla por el que se me ocurriese) pero el Planeta me da un poco igual. Otro día que esté inspirado intentaré explicar por qué si todas las obras participan con seudónimo, siempre ganan escritores famosos. Y nunca repiten.

Digo que hoy venía a hablar de otra cosa. Seguramente alguno/a ya haya leído ‘Los hombres que no amaban a las mujeres‘ un bestseller de misterio de un escritor sueco que llegó hace poco a las librerías. Para quien no lo conozca, parte de la gracia del libro es que el autor, Stieg Larsson, era un santo varón. De orígen muy humilde, se hizo periodista y se dedicó a destapar escándalos que relacionaban a importantes empresas suecas con grupos de ultraderecha y trató temas feministas y anti-racistas. Ni en España ni en Suecia un héroe de esas características (lo digo sin ningún sarcasmo) puede llevar una vida muy fácil: compartía un piso cutre con su pareja, con quién no se casó para protegerla de las amenazas de sus múltiples y peligrosos enemigos. En los huecos que le dejaba su valiente trabajo, el bueno de Stieg escribía novelas policiacas. Un fatídico día de 2004 le dio un infarto y murió de la manera más tonta al poco de cumplir 50 años. Dejó completas tres novelas de una serie que esperaba extender hasta diez. De esas tres, en España de momento sólo se ha publicado la que da título al post.

¿Por qué los escritores póstumos siempre aparecen en blanco y negro en la foto de la solapa? ¿Les hace parecer más muertos? En el sentido de las agujas del reloj, Keneddy O’Toole, Roberto Bolaño, Stieg Larsson y Alberto Méndez.

Los hombres que no amaban a las mujeres‘ es un gran best-seller con todo lo bueno y lo malo de este género. Lo bueno: que leerlo da un placer dificilmente descriptible: engancha, no puedes paras de leer, te agarra de las solapas y no te suelta… hay un montón de frases hechas para definirlo. Está muy bien construído, la prosa es ágil y el protagonista… ay el protagonista: todos queremos ser cómo él. Un hacha en la cama, honrado, sincero y con un don para resultar enormemente simpático pese a ser un dechado de virtudes. Introduce bastante bien algunos temas novedosos para el género, no digo cuales.

Lo malo es también lo de siempre: muy poco estilo, ninguna frase brillante y párrafos que se repiten cada veinte páginas para los lectores distraídos. Personajes estereotipados (otra hacker antisocial no, por Dios), repetición de esquemas clásicos (thriller empresarial + habitación cerrada), solos de guitarra en cuerdas (¿otra vez psicópatas obsesionados con la Biblia? ) mil veces tocadas y una historia que avanza a base de cliffhangers chungos (“No pudo dar crédito a lo que estaba viendo” o ” De repente, tras revisar las pistas durante horas, se hizo la luz en su cabeza” o “y sacó una pistola del bolsillo”)

Es un buen libro y recomiendo que lo leaís. El problema es que se está derramando tal cantidad de flores (¿debería decir lefa?) sobre el autor y el libro, que si haceis como yo, y leeis sobre él antes de empezarlo, igual os sentís decepcionados. Lo digo porque en la Wikipedia lo comparan con Guerra y Paz, los reportajes de periódicos recojen declaraciones de sabios discutiendo si es el Sherlock Holmes de hoy en día, la mejor novela del siglo XXI o si mola más que la Biblia (¿tiene sentido la comparación?). Juan Cruz, por supuesto, a lo suyo. Se escribe y reescribe por todas partes que ha sido un fenómeno de ventas en todo el mundo y hay legiones de fans. Bueno, yo me considero un fan y os digo que todo eso son chorradas y probablemente trucos de márketing más propios del Premio Planeta que de un análisis serio.

Leedla y comentais. O me comentais sin leerla. O la leeis sin comentar. O todo lo contrario

Octubre 5, 2008

Gadgets 1.0

Esta mañana he estado viendo Asesinato por decreto, una película de Sherlock Holmes bastante maja y un poco especial. No está basada en ningún libro de Arthur Conan Doyle y además el caso que ocupa a nuestro detective son los asesinatos de… ¡Jack el Destripador!

No es ninguna obra maestra, pero mezclar a estos dos tipos tenía que molar por necesidad y la ambientación está muy conseguida. Por otro lado, si os habeis interesado un poco por Jack el Destripador y las prostitutas de Whitechapel, nada os sonará a nuevo: la teoría sobre la identidad del asesino es la misma que en el cómic de Alan Moore, la peli de Johnny Deep y el ensayo de Stephen Knight.

Pero lo que me fuerza a hablar de esta película es la bufanda de Sherlock Holmes. Las pelis victorianas suelen ser un cajón de sastre de armas delirantes e imaginativas: bastones-espada, pistolas de dardos envenenados, estilográficas-navaja… Pero nunca había visto nada parecido a esto:

¡La bufanda sangrienta! ¡Usada por los Tugs (?) una secta de feroces asesinos hindués! Buah… demasiado. En el clímax de la película veremos a Sherlock repartir hostias con su pashmina asesina y comprobaremos que no es tan efectiva como creía Watson.

Da un poco lo mismo, el arma mola igual. Para ver estas cosas y más, os dejo el enlace de la película. Y que alguien me regale una bola de plomo para tunearme las bufandas y que no me vuelvan a robar el móvil.

Octubre 4, 2008

Pastiches Socioapatía Inc. Parte I

Parte I: Por una barra de pan

Sin duda en los días que corren llenos de prodigios tecnológicos como la máquina de vapor o la comida enlatada, las capacidades analíticas son consideradas por el hombre corriente como simples ideas para mover enormes bultos o conservar un morro de cerdo en salsa de cebollas, pero la razón y el análisis de los hechos pormenorizados llevan a cierto tipo individuo especial a llegar a conclusiones que la mayoría de nosotros consideraría preternaturales. Lo que para un simple paseante despistado puede ser una simple hoja caer de un árbol, para un avezado observador puede ser lo que le conduzca a las siete ciudades perdidas de Cibola (1).
En una calle normal de la capital francesa en el año de 18.. se dio la extraña coincidencia de algunas cosas bastante raras. Mi amigo Monsieur C. Auguste Dupin, era uno de esos hombres con las extraordinarias características que les he narrado antes. Tenía extrañas costumbres y sólo salía de noche. Yo le acompañaba porque me agradaba su compañía, pues yo me condescendía de sus muchas bizarreries. He decir que yo soy una bestia parda, que bebo, fumo opio, me peleo y me huele el aliento, cosas que parecían no importar a mi inteligente amigo, porque (entre ustedes y yo) Dupin estaba siempre tan ensimismado factorizando la realidad, que no se daba cuenta de nada de lo que no quería darse cuenta.

Un día dábamos un paseo y nos encontramos a un policía llamado Javert. Mi amigo, afectuoso aunque distante, se puso un guante y le dio la mano. Yo tiré a una alcantarilla el cigarrillo de hash que estaba fumando en la madrugada, vaya que el guripa me detuviera. Nos contó el caso de un execrable crimen, una canallada tal que haría vomitar al propio Aníbal el Huno (N.del E: el gran conquistador de Persia) y a toda la pléyade de corrompidos y sanguinarios emperadores de la Roma más decadente. Un insufrible ejemplo de la denigración más execrable de la condición humana. Había ocurrido a unas manzanas de allí, en el mismo París, en una calle llamada, para más inri, Morgue.
Alguien había robado… ¡una hogaza de pan!

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