Parte I: Por una barra de pan
Sin duda en los días que corren llenos de prodigios tecnológicos como la máquina de vapor o la comida enlatada, las capacidades analíticas son consideradas por el hombre corriente como simples ideas para mover enormes bultos o conservar un morro de cerdo en salsa de cebollas, pero la razón y el análisis de los hechos pormenorizados llevan a cierto tipo individuo especial a llegar a conclusiones que la mayoría de nosotros consideraría preternaturales. Lo que para un simple paseante despistado puede ser una simple hoja caer de un árbol, para un avezado observador puede ser lo que le conduzca a las siete ciudades perdidas de Cibola (1).
En una calle normal de la capital francesa en el año de 18.. se dio la extraña coincidencia de algunas cosas bastante raras. Mi amigo Monsieur C. Auguste Dupin, era uno de esos hombres con las extraordinarias características que les he narrado antes. Tenía extrañas costumbres y sólo salía de noche. Yo le acompañaba porque me agradaba su compañía, pues yo me condescendía de sus muchas bizarreries. He decir que yo soy una bestia parda, que bebo, fumo opio, me peleo y me huele el aliento, cosas que parecían no importar a mi inteligente amigo, porque (entre ustedes y yo) Dupin estaba siempre tan ensimismado factorizando la realidad, que no se daba cuenta de nada de lo que no quería darse cuenta.
Un día dábamos un paseo y nos encontramos a un policía llamado Javert. Mi amigo, afectuoso aunque distante, se puso un guante y le dio la mano. Yo tiré a una alcantarilla el cigarrillo de hash que estaba fumando en la madrugada, vaya que el guripa me detuviera. Nos contó el caso de un execrable crimen, una canallada tal que haría vomitar al propio Aníbal el Huno (N.del E: el gran conquistador de Persia) y a toda la pléyade de corrompidos y sanguinarios emperadores de la Roma más decadente. Un insufrible ejemplo de la denigración más execrable de la condición humana. Había ocurrido a unas manzanas de allí, en el mismo París, en una calle llamada, para más inri, Morgue.
Alguien había robado… ¡una hogaza de pan!
El inspector Javert estaba lívido por la cólera. Había oído hablar de él en los más selectos lupanares de Pigalle. Era un ser de una aptitud recta, inflexible con la ley. Era su religión. Y a un desalmado se le había ocurrido robar un pan de canto, calentito, recién hecho, de un escaparate de la rue Morgue. Tal monstruo se paseaba tan campante por las mismas calles en las que las amas de cría pasean a los niños.
Al contrario que Dupin, Javert sólo se fijaba en la ley: quien lo hubiera hecho era el más ruín de los hombres. Auguste, sin embargo, le indicó que le guiara al lugar para echar un vistazo. Se lo echó y nos retiramos. No sin antes mandar un mensajero para el periódico y quedar para el día siguiente con Javert. Solo quería montar el intrincado puzzle de la desaparición de la hogaza en su cabeza. A Dupin la culpabilidad era sólo la cuestión secundaria de la resolución de la ecuación. Ya no había nada más que hacer. Solos, él y yo, en su antaño lujosa casa de Montmartre. Era lujosa cuando yo me instalé y pronto dejó de serlo, porque poco a poco fui empeñando todo para gastarlo a mi gusto. Si le ponía pasatiempos complicados podía tirarse horas y horas deleitándose en la observación de paradojas sin aparente respuesta. Un día que buscaba su paraguas se dio cuanta de la cantidad de cosas que faltaban. Su única respuesta fue: “no deberías ir a esa casa de empeño. Conozco una que da más dinero” y me dio una tarjeta con una dirección escrita. Tenía razón. Con perspicacia, mi navaja y alguna amenaza, conseguí más de lo que me daban. Estoy seguro que tan rápido lo dijo, lo olvidó. Auguste Dupin era raro, ya lo he dicho antes. Y odio repetirme.
Parte II: Fiambre y candelabros
La mañana melancólica amaneció con los últimos rescoldos de la chimenea aún humeantes y los ojos de mi amigo con los ojos fijos en las cortinas de terciopelo negras aún corridas. Me dolía la cabeza ligeramente debido a las dos botellas de absenta que había bebido durante el proceso deductivo de mi amigo y benefactor. Llegó Javert que trajo croissants. Preparé café en un samovar estilo ruso que teníamos de un viaje del anterior dueño de la casa a la Rusia de los zares. Un poco después sonó de nuevo la campana, y Dupin dijo tranquilamente: “Aquí tenemos a nuestro miserable”.
Un hombre pobre como las ratas entró a la habitación y con la cara más mugrienta que la pocilga de un cerdo normando. Fuere recibido con la misma tranquilidad con un: “¿Jean Valjean supongo?” por el pertinaz inquisidor. Jean miraba y remiraba. ¿Cómo le podía pasar eso a él? ¿Cómo sabían su nombre en aquella casa?.
Dupin continuó: “Deje el pan encima de esa mesa y siéntese. Por supuesto no habrá ningún pavo trufado para usted hoy, sino la cárcel y la ignominia más absoluta. Lo podría haber buscado yo mismo, pero no me quería ensuciar los zapatos pateándome las sucias calles donde pululan los de su condición. Por eso puse en el periódico el anuncio de que se cambiaba una hogaza apenas mordida por un pavo trufado. Sabía que llegaría a sus oídos y se delataría a sí mismo. Usted vive en la rue Madelon entre un barril y un puesto de desperdicios de frutas”.
Todos miraron estupefactos: “En la tahona que robó el pan dejó una fibra de su camisa. Su camisa sólo se fabrica por las camiseras de Brie, donde se hacen los quesos, de donde es usted originario, ¿verdad?. Pero ¿Dónde buscar? Este es uno de los Miserables, uno de los muchos miserables de París Mentalmente esquematicé en mapa de París en mi cabeza y la dividí en sectores. Sus paisanos de su ralea están siempre o en las orillas del Sena a la altura de Pont Neuf o en la rue Madelon. Percibí en la escena del crimen que cometió un leve olor a chirimoya y a naranjas por lo que me llevó al mercado de sobras de la Madelon. Se puede deducir que los Rigodon y los Tellier, compatriotas suyos, no se dedican sino al tráfico de cadáveres o a los casinos ilegales, y los que me faltan son los Moncherris, que se dedican al proxenetismo y los Galoisses, que son extorsionadores de tiendas. Solo me queda usted, el Valjean, el único honrado entre comillas, que sin oficio conocido, y por el hambre consiguiente, y para dar de comer a unos niños y a usted mismo, robó la hogaza de la tahona. Lo de los niños lo deduzco ahora, por los pequeños mordiscos que veo en la hogaza. Y que usted ha comido pan es evidente, pues le veo un bulto en el buche que parece que se ha tragado una piedra.”
“¿Entonces no hay pavo trufado?” acertó a pronunciar Valjean. No tuve más remedio que responder que era un imbécil. Nos contó una historia llena de penalidades y pobreza, de dolor y cosas malas. En el fondo nos dio lástima el hombre. Bueno, me dio lástima a mí, porque a Javert la ira le salía por las orejas y Dupin ya estaba obnubilado con otro de sus insondables misterios con la mirada fijada en una araña que tejía una tela en un rincón polvoriento de la habitación.
Antes de salir, Dupin le dijo a Valjean: “Usted será alguien importante algún día, cuando se haya arrepentido de su terrible crimen. Y tenga cuidado con este (dijo señalando al inspector Javert) que es muy cabezón y no pasa una. Eso sí, si alguien le ayuda no le robe. Por eso le rogaría que dejara ese portavelas en su sitio, alma de cántaro, que le estoy dando un consejo y yo no suelo hacerlo”. Yo lo miraba con ojos aviesos, mi pena por él se había ido de repente. No quería competencia; yo podría empeñar ese candelabro por al menos 30 francos. Le dije antes de irse a Javert que no se fiara de ese tipo, que le traería problemas en el futuro. Como de hecho parece que así fue y llegó a ser alcalde de un pueblo, menos mal que Javert, gracias a mí, lo mantuvo a raya. Yo volví a mi vida placentera de esquilmación sistemática de Monsieur C. Auguste Dupin, y a ayudarle a sus casos como detective aficionado y a sus paseos lúgubres por la noche más misteriosa del Paris decimonónico. Y así hasta ahora.
Los secretos insondables de la mente son una como una flor abierta con el sol de la mañana cuando el proceso seguido es explicado paso a paso. Pierde hasta su mágica gracia, hasta su subyugador magnetismo. Pero las cosas fueron así y así es como este humilde servidor, si no muy honrado en cuanto a posesiones ajenas, si lo es en cuanto a lo acontecido.
Firmado,
François Mammelocoisse



¡Oh!
¡Que gran placer ver una obra publicada en un medio que no es el mío!
Ya hablaremos de la forma de pago.
Porque yo quiero perras.
¡Jajajajaja!
Ya es usted editor…
De la novela ya hablaremos, que ahora está más parada que la evolución según Sarah Palin.
comentario por François Mammelocoisse — Octubre 5, 2008 @ 12:39 am |
He tenido que malpublicarla, Mame. Se me jodía la plantilla con su pastiche y he tenido que cambiar de diseño. Además va sin ficha biográfica de Mammelocoisse: amigo personal de Leconte de Lisle, compare de Victor Hugo y amigo de internet de George Sand!
comentario por socioapatia — Octubre 5, 2008 @ 11:37 am |
Decimonónicamente delicioso, mis felicitaciones al editor tirano y al sufrido escritor.
Desde que me dijisteis lo del hermano vago de Sherlock tengo muchas ganas de leer las aventuras del famoso detective. ¿Por cual empiezo, alguna sugerencia?.
comentario por raskolnikoff — Octubre 6, 2008 @ 11:16 pm |
Yo empezaría por “Estudio en Escarlata”, porque es donde se conocen Holmes y Sherlock, después seguiría con “Las Aventuras de Sherlock Holmes” (lo mejor que tiene), querido Rasko… después me leería una novela larga como “El Perro de los Baskerville”, por ejemplo…
Es solo una sugerencia…
comentario por Mameluco — Octubre 7, 2008 @ 12:05 am |
Holmes y Sherlock…jajajaja
Holmes y Watson…
en el Barts…
comentario por Mameluco — Octubre 7, 2008 @ 12:06 am |